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El grito acumulado: un manifiesto para la (in)comunicación

Texto de Fernando Gómez de la Cuesta, dentro del catálogo de la exposición 'Negro sobre Blanco_ Acto de comunicación n41', de Pablo Bellot

El humo denso y negro que provoca el artificio calcinado se convierte en la metáfora perfecta de la (in)comunicación actual. Un humo que denota dónde se produce la combustión de lo superfluo, pero que también se encarga de ocultar todo aquello, trascendental o no, que queda sepultado bajo su manto invisibilizador y opacante. La imagen parece convertirse en anti-imagen por la imposibilidad de su (re)conocimiento, una transformación que nos obliga a la labor ardua de querer desentrañar o a la comodidad aparente de dejarse ir al ritmo de las volutas humeantes y alienantes de la ignorancia. Esa es la dialéctica última sobre la que el individuo contemporáneo debe decidir su posicionamiento, esa es la disyuntiva inicial, entre el esfuerzo denodado o el conformismo pasivo, a la que se someten todas aquellas personas que eligen enfrentarse a las sucesivas capas de experiencia que ofrece Pablo Bellot en este Negro sobre Blanco_ Acto de comunicación n41, un proyecto específicamente pensado para Rambleta en València.

En realidad, la primera de estas capas de lectura es un cebo, una declaración que el artista lanza de manera frontal, a quemarropa, diciendo que “esta propuesta es un acto de comunicación directo, un gesto sencillo que reflexiona sobre la incapacidad de diálogo del individuo actual”. Un reclamo efectivo, comprensible, inmediato, certero y sincero de un enunciado que cumple con esa función preliminar y necesaria que es captar la atención de unos interlocutores que ya se definen, desde la propia frase inaugural del proyecto, como un conjunto de seres dispersos de intercambio complejo. Este estado de incomunicación que vivimos se genera por un exceso de información que nos hace habitar en el desbordamiento, por una desproporción de estímulos sensibles que, en lugar de excitar nuestra capacidad, nos dirigen hacia una indolencia falsamente protectora que trata de eludir, desde la desidia, el alud contemporáneo. El nuevo sobrecogimiento, el nuevo temblor, ya no se produce ante la idea romántica de la desmesura inabarcable e incontrolable de la naturaleza, sino ante el exceso de información y de posibilidades que nos envuelve tanto como nos apabulla y nos sepulta. El nuevo estremecimiento apela a la inconmensurable oferta de (des)conocimiento.

Sin embargo, Bellot, es un comunicador vehemente que no se resigna, un artista de combate que emplea la violencia del golpe, del grito, del vómito, del sarcasmo, del exabrupto incontenible, incluso del fuego devastador, para conseguir contarnos esa idea que lleva en la cabeza, ese concepto que se trae entre manos. Un creador que mantiene en las entrañas de sus obras aquellas letras de los grupos punk de la España de los 80, unas canciones que expresan la frustración generacional que se dio en un contexto cronológico extraño, vivido de forma contradictoria, reivindicativa y adversa. En esta propuesta concreta, los fragmentos de Eskorbuto, Décima Víctima, Ilegales, Aviador Dro, Kortatu, Kaka de Luxe, Polansky y el Ardor, La Polla Records o Parálisis Permanente, se van superponiendo sobre el lienzo hasta generar una masa que hace incomprensible los mensajes que subyacen, como dice Bellot, “letra sobre letra, tinta sobre tinta, negro sobre negro”. Una pintura de carácter informal y expresivo, un espejo negro que se convierte en el sumidero de sentimientos e ideologías, de filias y fobias, de expectativas y frustraciones en el que hemos convertido unas vidas vividas a través de la superficie de esos dispositivos móviles, digitales y perversos, que nos tienen absorbidos. Un potente agujero negro que, a pesar de estar hecho para habilitar, procurar y unir, nos suele separar y confundir.

En esta ocasión, tal y como hemos señalado anteriormente, el artista no fija su atención en aquel fuego que consume, devorador y violento, sino en ese humo que produce, por acumulación, un profundo color negro, intenso y difícilmente interpretable, que se va incorporando sobre la superficie de sus obras en capas de conocimiento y confusión. Unos registros complejos, unos residuos, unos restos, que necesitan las claves que ofrece la Historia del Arte para que se genere el pretendido acto de comunicación, un desentrañamiento demostrativo, un ejercicio de desvelamiento, pero también de ocultación. Los lienzos entendidos como una gran instalación pictórica, sintomáticamente titulada Negro sobre blanco, apelan a una abstracción informalista y expresiva que huye de la narración, del relato y del cuento. Una propuesta que posee una evidente actitud punk, dadá, fluxus, pero que en una ecuación que puede parecer contradictoria, mantiene cierta sensibilidad minimalista, incluso suprematista, en una búsqueda que prioriza la representación emocional sin referencias al paisaje, al sujeto ni al objeto, mientras desarrolla vínculos claros con conceptos que acuden al bloqueo y a la negación, al tachado, a la pintada y a la superposición.

Allí donde se encuentran Malévich, Soulages y Mathieu, el tachismo y la caligrafía trascendental, el negro sobre blanco y el negro sobre negro, surgen también el miedo y la esperanza, el estado de certidumbre y la pérdida de control por la deriva contemporánea. Letras superpuestas que crean esa masa negra de trazos indescifrables y oblicuos, de pinceladas rectas que se cruzan en todas direcciones, que producen vacíos y huecos de un blanco que contrarresta la negritud con la tenue luz de la expectativa, del anhelo y de la creencia. Dice Bellot que entiende la abstracción como “aquello que no podemos identificar, lo fantástico, esa nueva realidad a la que no nos podemos aferrar porque no la reconocemos, porque no identificamos nada como real. La abstracción como un abismo, no como una evasión, una puerta que nos introduce en la pesadilla de no saber hacia dónde dirigirnos”. Una situación de incerteza absoluta que ahora estamos viviendo desde este nuevo escenario que la imparable vorágine actual ha ido provocando, un contexto que ha cambiado tanto que no conseguimos entenderlo, un lugar que, hasta que seamos capaces de ubicarlo, es una mera abstracción, un espacio donde emitir ese grito acumulado como si fuera un auténtico manifiesto de la (in)comunicación.